Miles de personas ocuparon cada metro de este emblemático espacio para vivir la final del Mundial en una imagen que quedará grabada en la memoria de la ciudad. Bajo un cielo iluminado por las guirnaldas de luces y con la pantalla gigante como punto de encuentro, la Alameda se transformó en un auténtico estadio al aire libre.
No cabía un alfiler. Familias enteras, grupos de amigos, niños con la camiseta de la Selección, mayores emocionados y jóvenes envueltos en banderas rojigualdas compartieron una noche de nervios, esperanza y felicidad. Cada ataque de España levantaba a la multitud; cada parada se celebraba como un gol y cada ocasión se vivía con el corazón en un puño.
La fotografía habla por sí sola. Un océano de personas teñido de rojo y amarillo, banderas ondeando por encima de las cabezas, abrazos, sonrisas y teléfonos móviles inmortalizando una noche que ya forma parte de la historia deportiva del país y también de la historia reciente de Tarifa.
Cuando llegó el pitido final, la Alameda explotó. Se escuchó un grito unánime que recorrió toda la ciudad. Desconocidos se abrazaban como viejos amigos, las banderas comenzaron a ondear con más fuerza y la celebración se prolongó durante horas entre cánticos, aplausos y un ambiente de convivencia ejemplar.
Más allá del resultado, la noche dejó una imagen difícil de olvidar: la de un pueblo entero reunido para compartir una misma emoción. Porque hay victorias que se celebran en un estadio… y otras que se viven en las plazas. Y anoche, la gran plaza del fútbol español estuvo, por unas horas, en la Alameda de Tarifa.



