Te escribo desde la preocupación. También desde la impotencia. Y, sobre todo, desde el miedo.
No porque haya ocurrido una tragedia. Todavía no. Te escribo precisamente porque seguimos teniendo la suerte de poder contar los sustos en lugar de los muertos.
Hace apenas unos días volviste a hacer lo que llevas años haciendo: recordarnos lo peligroso que eres.
Una mujer embarazada circulaba por la carretera. Con ella viajaban su bebé, una niña de ocho años y su cuñada. Un vehículo apareció de repente, sin margen, sin tiempo, sin espacio para reaccionar. Sólo hubo una opción: frenar. Frenar y confiar en que unos pocos metros fueran suficientes para que la historia no terminara de otra manera.
Lo fueron.
Esta vez.
Y qué palabra tan terrible es esa cuando hablamos de seguridad vial: esta vez.
Porque mientras ella intentaba recuperar el aliento, mientras los niños lloraban por el susto y mientras una madre embarazada repasaba mentalmente todo lo que podría haber sucedido, alrededor comenzaron a escucharse las explicaciones de siempre.
«Es que si no tienen que llegar hasta Tarifa para dar la vuelta». Como si unos minutos justificaran un riesgo semejante.Como si el tiempo de unos valiera más que la vida de otros.
Como si dentro de aquel coche no viajaran personas, sino carga.
Yo no estaba allí. Pero puedo imaginar la escena. El llanto de un bebé. El silencio de quien acaba de ver pasar la desgracia a unos centímetros. La responsabilidad inmensa que siente una madre cuando lleva a sus hijos en el coche y, más aún, cuando lleva otro dentro de sí.
Eso sí, solidaridad infinita del personal de Pachamama y OZÚ, ni un «lo siento» del conductor que lo provocó todo gracias a ti. Cruze de parca y azar.
Y mientras tanto, tú sigues ahí.
Con tu línea discontinua.
Con tus incorporaciones imposibles.
Con tus giros temerarios.
Con tu colección interminable de sustos.
Todo el mundo te conoce. Todo el mundo habla de ti. Todo el mundo coincide en el diagnóstico. Lo sorprendente no es que seas peligroso. Lo sorprendente es que sigamos actuando como si no lo fueras.
Porque en Tarifa hemos desarrollado una extraña habilidad: convivir con los problemas hasta que parecen normales.
Nos acostumbramos, normalizamos el absurdo.
Nos acostumbramos a decir que algún día ocurrirá algo grave.
Nos acostumbramos a escuchar historias similares.
Nos acostumbramos a mirar hacia otro lado.
No hacen falta grandes obras para empezar a actuar. A veces la diferencia entre la prevención y el lamento cabe en unos metros de pintura blanca. Línea continua. A veces basta una decisión sencilla para evitar que una familia tenga que enfrentarse a una llamada que nadie quiere recibir.
Las rotondas prometidas…ya sabemos cómo funciona todo en Tarifa. Aquí lo que ese rompe se pierde, imagina esperar algo nuevo. Pero mientras tanto hay vidas circulando cada día por ese punto. Hay familias. Hay trabajadores. Hay vecinos. Hay turistas. Hay niños.
Hay personas.
Y ninguna debería depender de la suerte para regresar a casa.
Por eso esta carta no está dirigida a un conductor concreto. Está dirigida a todos los que conocen el problema. A todos los que lo han comentado alguna vez. A todos los que saben que existe.
Porque el día que ocurra una tragedia ya no podremos decir que nadie lo vio venir.
Lo habíamos visto todos.
La pregunta sigue siendo la misma.
¿Vamos a seguir esperando o vamos a hacer algo de una vez?
Firmado:
Un vecino que está cansado de que la suerte siga haciendo el trabajo de la prevención.



